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viernes, 19 de febrero de 2010

Yo no soy como usted

Hace ya algún tiempo nos dejamos de hablar. Siempre lo buscaba por las noches para hablar de lo efímero de los días. Recuerdo que hablábamos de mujeres ya pretéritas que se han esfumado en medio del olvido. En una noche de octubre me confeso que sí, que estaba enamorado, perdidamente loco. Yo soy de esos que no quieren creer en el amor. Por ejemplo en días como hoy, quisiera cogerle el cuello al amor y con toda la delicadeza del caso apretarlo hasta llevárselo como ofrenda a la muerte. Sí, eso quisiera. Sin embargo, sólo quiero relatar algo de nuestras relaciones. Tomábamos café uno al lado del otro. Siempre escuchándonos, amándonos, queriéndonos querer. Una vez en medio de esas noches lúgubres en que la neblina viene a acompañar a los bosques; la muerte llegó hermosa, hecha un inmenso abismo. Era un abismo bello, inundado de feminidad, con toda la convicción que infunde en aquellos hombres, para los que está preestablecido lanzarse en él. A mí se me apagaba la voz. Sentía que mis pensamientos se helaban ante lo que me producía verla. En mi cabeza todo era caos. Yo veía a Manolo besarla con la ternura más santa con la que un hombre puede besar a un demonio. De su piel brotaban los aromas que pierden las mentes de los más fuertes, de los sabios, de los íntegros. Nunca la miré con lujuria. Respetaba los amoríos de mi amigo. Luchaba con desasosiego.
En mi soledad más absoluta sus alas negras aparecían en mi cabeza. No estaba conforme. Como el lobo en la estepa me escondía. No quería ver como nacían del abismo mariposas negras, flores fúnebremente creadas por quién sabe que clase de dios maldito. Ella tenía las alas más hermosas que en vida vieron los dioses muertos. Llevaba el cabello por encima de los hombros y sus ojos estaban retocados con el matiz del negro más extraño que vieron los ángeles caídos. Ella no tenía la culpa de enloquecer a los hombres, de volverlos suicidas, de enamorarlos con su figura fantasmal. Desde los antiguos tiempos los mortales sabían que era un acto natural. La muerte invadía las almas con la seducción más atroz. Yo, al principio, me negué el contemplarla por respeto a Manolo. Es verdad. Siempre lo hice. En momentos hacía como si la muerte no existiera, como si nunca llegara de la mano de Manolo besándolo, acariciándolo diciéndole quién sabe que cosas bonitas al oído. Me negaba rotundamente a su existencia de la manera más engañosa. Más adelante, ella no volvió a rondar por los bosques de Manolo. Éste perdidamente empezó a invocarla a través del suicidio, pero ella no acudía a sus gritos desesperados. No cortaba el hilo de sus días a pesar de los extravagantes intentos. Manolo la llamaba a su departamento. Le dejaba razones con su madre y sus hermanas. Preguntaba por las calles y avenidas de la cuidad. No la volvimos a ver durante algunos días. No sé si él la volvería a ver, lo que si sé es que en alguna oportunidad, mientras visitaba el parque en donde los demonios y los hombres se congregan para tomar vino y hablar de literatura la vi. Recuerdo que en esos días quería entregarme alguna causa política o religiosa, que importaba lo insignificante que fuera. Sólo quería entregarme. Quería morirme. Cerrar los ojos y ya más nunca despertar. Quería sentirla encima de mí, muy cerca, besarle los labios como alguna vez lo había hecho mi amigo Manolo en algún lugar distante y fortuito. Fue es ese preciso instante en que sentí que pasaba su sombra tan cerca de mí. Empezó a oler al dulce que huelen las flores en los cementerios. Sentí al lado mío al inmenso abismo de las noches pasadas. Mientras todo esto acontecía, yo pensaba en Manolo, pensaba en mi amigo, al que siempre le negué mi gusto por su amada. Esa noche caí de rodillas ante sus alas, ante sus labios rojos, ante sus juegos tan venidos de Thanatos.
J (Ya en plena mística) ¿Acaso, la muerte sólo le pertenecía a Manolo?, ¿acaso, no podría pertenecerme a mí? ¿Manolo dónde estás? ¡Manolo!

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