Iconosfera, logosfera

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No todo se puede ver

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Proceso lector

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Embriaguez

Mi tío el moralista

Mi tío el moralista
Morirse de la pena con la damita

yo no soy como usted

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El chirri y la fulana

martes, 16 de marzo de 2010

Carta a una amiga

Tranquila que ya viene el sosiego a refrescar los huesos de la pequeña niña que sos vos. Pronto vendrá el abrazo de quién pueda amarte de la manera como en momentos el individuo menos pensado lo ha hecho. Desde el secreto. Solemos ser amados muchacha. Diez más seis. El segundo día de la semana. Martes. Del año que termina en diez. La mañana está fría. El alma quiere dormirse. Es ya una costumbre que el alma quiera acostarse eternamente. No le preguntes por qué. Mira que a estas horas no puedes ver la luna, ni las estrellas, y mucho menos el hermoso cielo negro que fermenta los instintos de los amantes. A esta hora el negro del universo nos es ajeno. Pero este negro que siento dentro de mí me es mucho más afable que todos los sentimientos.
Tu mirada ya no es la misma Genoveva. Ya no me miras igual. Pero me gusta percibirlo. No te culpo. Tus razones tendrás. No podría decirte cómo es que siento el cambio en tus ojos. No podría describírtelo. Sólo se siente nena. Sólo se siente y duele. Como duele la gota del agua salada que se asoma en las ventanas de nuestras caras.
Sos como las líneas amarillas que se desprenden de las lámparas góticas a eso de las tres de la mañana. ¿Sabes por qué? Porque no conocemos sus caminos. Y ese es el corazón. Nunca conocemos sus caminos. Un día le da por tragarse un helado de chocolate con fresas y al otro día lo detesta. El corazón muchacha es engañoso y perverso. Que no se le olvide nunca. Muchas palabras. Tantos pensamientos. Me has marcado Genoveva, como la cicatriz. Ni siquiera sos el causal chupón de haces unos días. Es que muchas mujeres muchachita pasan como los chupones. El hematoma se posa sobre la piel distraídamente con el conocimiento de la existencia de las plaquetas. Pero la cicatriz es la señal que queda en los tejidos orgánicos después de curada una herida.
Ven, contemos las horas Genoveva. Contemos los minutos indecibles que nos quedan de vida. Ven que quiero contarte los cabellos de tu cráneo. Entiérrame de una vez por todas. Sácame con la escoba de doña Lucila de tu vida. Te lo ruego. Ayer antes de las 11:59 pm tu edad daba como resultado 20. Después de las 11:59:59 fueron veinte y uno. Ayer me mirabas con honestidad. Después ya lo dudaste. Ya no me miras igual. Pero me gusta percibirlo. No te culpo. Tus razones tendrás.
La mirada se enajena. Hay algo que ya ha empezado a arder, aquí, adentro. Carcome. Pica. Desasosiega. Somos inclementes. Sigue tu camino. Te mereces alguien que no te ponga a dar tantos pasos por las calles y los puentes de la cuidad. Que tenga aunque sea lo del piedecuesta que te deja a unas cuadras de tu casa. Que tenga lo suficiente para comprarte una torta que diga 20,999 $ casi 21 $. Que te lleve a ver Alicia al cine. Que te escriba poemas que contengan poesía. No como este pobre poetastro que te escribe líneas que sólo podría escribir un tal Héctor A. Alvarado deseando en sus entrañas escribirte como le escribiría Borges a su amada.
Sed, mentira, lágrima dulce, pastel de cumpleaños, vin rouge, besos, marcharse, marchémonos. Qué más da. Esperemos los otros amores. Yo tan sólo soy tu amigo. Y en el fondo tú no quieres ser más.
No te lo he dicho pero el sufrimiento tiene abierta la boca. Me muestra sus podridos dientes. Se burla. A veces me toma el dedo índice y se lo mete en la boca. No muerde. Me mira. Se ríe. El sufrimiento es una mujer. El sufrimiento podrías ser vos. Pero es el tiempo. Las decisiones duelen. La felicidad está rodeada de dolor. Tranquila que ya viene el sosiego a refrescar los huesos de la pequeña niña que sos vos. Sos eso que te sucede una vez en la vida.
Lo anterior no ha sido tan importante mi buena amiga. Hoy cumples 21. Yo tengo 0 pesos en una cuenta inexistente. Me es urgente seguir queriéndote. Aunque ya sin besos. Adoro tus besos. Sin embargo, lo más sano es ya no dártelos ni pedírtelos. Sin la tortura de pensar que vivir sin ellos sería mi muerte. No quiero ser tonto. Quiero ser tu amigo. ¿Ya te vas Genoveva? Vete preciosa. Pero también quédate. Si quieres. Somos amigos. Yo lo soy. Es tu decisión serlo conmigo. Tranquila que ya viene el sosiego a refrescar los huesos de la pequeña niña que sos vos.

Diez más seis. El segundo día de la semana. Martes. Del año que termina en diez. La mañana está fría.

lunes, 15 de marzo de 2010

La maestra que se gana 800 mil mensuales

Caminaba lentamente por las calles de un barrio en decadencia. Este lugar de la cuidad siempre me ha parecido caótico. Es una sensación extraña que me produce desamparo. Será por el hecho de que hace unos años pasaba por allí con mi pantalón azul y mi camisa blanca sin esperanzas de ser alguien en la vida. Ya han pasado inexplicablemente siete años. !Siete años de mi existencia desde la última vez en que entré a un colegio muerto que no me gusta evocar! Tenía más o menos dieciséis cuando me enfrenté al lugar al que hoy nuevamente después de los tantos meses me siento a ver con toda la rabia del mundo. Podrá sonar esto un tanto desagradecido, pero no sé por qué tendré la maldita manía de expresar lo que siento sin medir las consecuencias ni meditar las palabras.
Los pasos recorrían los andenes en sentido vertical mientras mis pensamientos se hundían en el caos de la manera como lo suele hacer la ola en el océano. Pienso que hay días en que no deberíamos ser despertados. Lo correcto sería cerrar los ojos sin pensar en eso que nos carcome los signos lingüísticos de manera silenciosa en la mente. El momento se desarrollaba con toda la dinámica de la desesperación. Supongo que era uno de eso días en que mi rostro aparecía con los rasgos del desamparo. El encierro en que se movían los pies latía de manera dolorosa.
Llegué a las puertas del colegio. Eran verdes. Al frente estaba la misma tienda de antaño. En donde mis amigos y yo fumábamos el Belmont que nos hacía palatinamente sensuales. En la recepción se encontraban dos mujeres que charlaban con la tranquilidad que se puede conversar a las ocho de la mañana de un viernes frío. Pregunté con pena en los ojos si podría entrar a revisar algunos papeles que se me habían quedado desde la graduación. La celadora de los ojos verdes me señalo que sí. Que era posible. Bien pueda entre muchacho. Muchísimas gracias señora. Es usted muy amable.
Me vi entrando como un desconocido en medio de la casa que algún día fue la suya. Pero que ahora miraba con el desconcierto con que se miran a los amigos después de siete años. Es que por lo general después de siete años tienen caras diferentes, cuerpos turbados por el paso de los vicios, pensamientos bizarros y en algunos casos miradas llenas de vergüenza por lo que nuestros ojos ven en ellos. Percepción de un espacio en el que los contornos duelen de manera áspera.
Pasé por pasadizos en el que los ojos de los niños revoloteaban como insectos salidos de sus orbes. No les presté mucha atención. Seguí dando mis pasos como quién le urge llegar a su destino. La luz se posaba sobre las escaleras del lugar que un día había sido el convento de quién sabe que clase de cofradía española. Seguí adelante esperanzado en encontrar a la persona indicada. A los lejos divisé a la mujer que me había dictado las clases de química que tanto odié de irreverente adolescente. Pero que hoy percibo con el amor con que un nieto podría sentir hacia la abuela que visita cada dos años por la lejanía de los espacios.
Preguntó por mamá, por el tiempo que me faltaba en la universidad, por si ya tenía novia. Sí. Que mamá estaba bien. Que me falta años en la universidad. Qué no tenía novia pero que a veces sentía la necesidad de estar con ella. Entonces le pregunté por si conocía al encargado de dar la clase de español en el colegio. Asintió con toda la amabilidad del mundo. Me llevó hasta donde ésta descansaba. Le comentó que yo era un antiguo estudiante de la institución que ahora se había convertido en todo un universitario. ¿Pero acaso valía la pena decir esto? Yo que soy el menos dedicado de mis compañeros. Yo que soy el que tuvo que cancelar dos materias este semestre. Agache la mirada.
La profesora de español era una mujer que particularmente tenía que ver desde lo alto. Era pequeñamente escuálida. Yo la miraba como quién escruta las respuestas de los condenados. En medio de sus dientes aparecían unas manchas que parecían el croquis de alguna tierra lejana aún no descubierta. Se le notaba por encima su buena voluntad por enseñarles los libros a los niños que a esa hora se creían en todo el derecho de arrebatarle a la vida aquello que hasta ese momento les había sido desconocido. Ella me miraba como quién mira un pedazo de bicho raro que viene desde quién sabe que clase de planeta a hacerle preguntas, con qué sabe Dios, que género de intenciones.
Yo caminé por en medio de los muchachos como una modelo que tan sólo tapa sus senos y su sexo en el traje de baño. Seguí adelante. Me senté al lado de la maestra. Ella se paró de su asiento con la tabla en donde reposaban las letras impresas de los nombres y apellidos de los mocosos. Mientras ella llamaba a lista un mugroso decía que era un fastidio la clase de español. Que lo mejor hubiese sido que ella no hubiera venido. Mientras ella decía cada uno de los nombres, el decir de un martillo golpeaba con certeza alguna pared.
Ella invitó a los muchachos a sacar los libros. Los muchachos hicieron caso a la sugerencia de una manera inconsciente. Pude ver que un solo muchachito devoraba las palabras de un libro. No hubo otro individuo en el lugar que lo hiciera. La maestra me decía que era una bendición que todos los niños hubiesen traído los libros.
Era tonto ver que no hubiese deseo por leer los libros. La verdad nadie quería leer. La niña que se situaba frente a mí se le notaba el quebranto a leguas. Evidentemente no quería leer. No sé en que pensaba mientras yo pasaba la mirada por su rostro castigado.
Sé que la señora que da las clases de español en el colegio, es graduada de la Universidad de Pamplona. Estudió para enseñar a los hombres y mujeres que no pueden oír. Desde hace como veinte años ejerce la docencia. Es feliz. No le gusta la literatura existencial. Está consciente que los libros afectan la mente. No quiere ser afectada. Me invitó a visitarla cuando quiera. Está aparentemente en toda la disposición.
Suena el timbre. Se oye el grito de victoria. Hoy ya no leerán. Los muchachos salen regocijados. Salgo del colegio con amargura. Por razones totalmente personales.

lunes, 8 de marzo de 2010

Descripción


La muerte es una promesa dada desde el vientre de la madre. Nos asecha sigilosamente en medio de circunstancias divergentes. Ella es veneno, espanto, accidente, locura. Rodea la tierra. Derrama su vino negro sobre los hombres, los embriaga. Ella expulsa las almas de los cuerpos. En el último suspiro de los hombres llega a su orgasmo. Engendra cadáveres. Nadie está excento de sus besos, de sus caricias, de sus miradas. Algún día llegan. Irreverente, oportuna, impredecible se posa en medio de las esperanzas humanas en forma de palomas negras. ¡Negra mariposa que juegas en medio de jardines fríos e inmóviles! Oscureces los cielos, enturbias la visión de los mortales, dulcemente mortificas el alma. Acompañas al moribundo, te sientas a su lado, lo contemplas, te ríes, de cerca te ríes, le susurras al oído recuerdos de un pretérito que se congela con la venida de tu abrazo.

viernes, 19 de febrero de 2010

Iconosfera, logosfera...

Me llama la atención de manera amplia el concepto que Joan Ferrés esquematiza en la saturación de los estímulos. Es ahí, donde afirma que “la cultura audiovisual suele ser una cultura de la hiperestimulación sensorial”. Creo rotundamente en que vivimos la época de la sensación. Ahora, esta sensación es insinuante desde todo punto de vista. También pienso que no soy un individuo moralista. Pero, lo que no sé puede negar es que los medios de comunicación manipulan las mentes de las sociedades a través del estímulo a los instintos. Hace mucho que no veo la televisión. No es porque me lo pase leyendo todo el día. Sencillamente es porque en mi casa mi viejo televisor alcanza a recibir tan sólo como unos siete canales. Confieso que me da pereza esperar hasta las diez de la noche para ver el ciclo de cine que pasan diariamente por Señal Colombia. Además mientras están dando las novelas de la noche, yo veo los libros sobre la mesa.
Ahora, si vinieran a hacerme una encuesta en donde me preguntaran sobre ¿qué pienso de la programación de los canales privados? Diría con toda la sinceridad del mundo que la televisión colombiana apesta. No sé la extranjera. Ya dije que mi viejo televisor está en el auge de su crepúsculo.
Ahora, hace una semana llegué por las casualidades de la vida a casa de Papá. Venía de la Universidad. En la casa se respira una aroma leve a soledad. Allí, siempre me encuentro con el mismo espectáculo. Es el mismo cuadro espeluznante de todas las noches. Todos miran el televisor como si este les brindase el sueño más apacible que pudieran encontrar en la tierra. Nunca se percatan de mi llegada. Es como si llegara un fantasma sin metafísica. Yo sé que no soy importante. No se me antoja serlo. Pero es que es increíble el hermetismo de los rostros. Por ejemplo estoy seguro que un ladrón entraría a la casa. Lentamente se dirigiría a la nevera. Tomaría yogurt con galletas. Miraría a la familia es su hipnotismo. Se llevaría el portátil de Carito, la nevera de mi abuelo, los viejos discos de Maná, a María José, la bebe de tres meses, mi casi sobrina. Pero jamás podría llevarse el televisor. El forjador de sueños. De pronto se lo llevaría pero tendría que cargar con los cadáveres de la familia. Seguramente.
Una vez con pena salude.
-Buenas noches familia.
Era incomodo sacarlos de su orgasmo. Papá masticaba el chicle desde hacía dos horas. Sus brazos descansaban entre sus piernas cansadas de tanto mendigar trabajo por las calles. Para mi prima el mundo no existía. Es posible que en ese momento el mundo fuera el irreal galancito de la telenovela de las diez p.m. Rompiendo mis principios tomé asiento para compartir con mi hermosa familia del frívolo ritual.
Las actrices eran todas como Remedios la bella. Es en serio. Ninguna era gorda. Todas tenían rostros perfectos. Más buenas que el pan como lo dirían los muchachos. Los tipos que actuaban parecían europeos con acento paisa. De esos que crean, muy suavemente, en las señoritas la sensación de orinarse.
En esa noche ansié desesperadamente ser uno de los protagonistas de la tele-tontería. El tipo era estudiante de esas universidades privadas a las que por lo general no van los pobres. No sé si por falta de plata o de inteligencia. De alguna manera lo que más envidié del personaje ficcional era que salía con la veterana con que todos los muchachos de mi edad quieren salir. No sé si usted se halla encontrado con esa clase de señoras en los centros comerciales. Llevan bolsas de tres o cuatro almacenes de famosos diseñadores, con zapatos y vestidos caros. Irónico es verlas pasar con las hijas. Parece que las adolescentes fueran las otras, las menos deseables. Es posible que no terminen con la hermosura de sus madres a menos que paguen millones a los cirujanos. A menos que consigan un esposo que tenga conexiones fuertes con el narcotráfico. A menos que a su padre por tenerlas no lo metan preso antes que la doncella cumpla los quince.
Creo que no seré, infortunadamente, el desahogo de una señora millonaria y hermosa. ¡Qué dolor! No me imagino con una veterana montado en una camioneta de ciento treinta millones de pesos. En el vehículo hacen un porro. Es increíble. Camioneta, veterana, guarito, hierva, sexo, juegos de poder, orgasmo. Todo intrínseco. Todo se precipita al instante. El observador no crea imágenes en su mente. Todo se le está dando en la bandeja del no-piense. Está prohibido.
Yo siempre con mis utopías. Ahora bien, permítame pensar en algo. Tenga la delicadeza. Si un día el indeseable fantasma llegara a casa de papá sin tener que pisar el cable que va desde el cráneo de los espectadores hasta el televisor, y en vez de esto se encontrase a su canoso progenitor con una vieja edición de Cien años de soledad entre las manos, ¿qué sería del mundo de este viejo? ¿Qué sería de su capacidad racional? ¿Sería que en algún momento podría hablarle de la iconosfera y la logosfera, sin temor a que no me comprendiera? ¿Qué sería de nuestras conversaciones? ¿Qué sería de nuestras relaciones? Esta conjetura puede no tener sentido Además, no creo ortodoxo encajar a las gentes dentro del universo, sé que cada efímero hombre es un efímero universo.
Iconosfera, logosfera, estimulación del instinto, estimulación de la mente racional, estimulación de la mente sensorial. Sólo me gustaría ver a mi viejo leer un libro con el sosiego con que ve la televisión todas las noches. Me gustaría que replanteara su forma de escaparse de la realidad.

Zapato roto

Era increíble ver mi zapato izquierdo con su costado abierto y su piel agotada de tanto andar por ahí, entre las calles de cemento, que son tan calientes por estos días. Lo había comprado hacía como unos veinte meses. En ese entonces el zapato parecía un pedazo de cielo que venía a envolver mi pie izquierdo, a mí que tan sólo era un mortal sin importancia colectiva. Con el tiempo había empezado a envejecer como todos los seres debajo del cielo. Lo llevaba puesto hasta para ir a los lugares más privados. Baños, moteles, el cuarto de Maria Paula, tan íntimo, evidentemente.
Recuerdo que ella me decía que los objetos se vuelven cómplices de nuestros secretos sin darnos cuenta. Por cuanto, algunos son la escenografía principal del hecho que se nos queda para siempre en la cabeza. Maria Paula me hace pensar en mi zapato viejo. La verdad no sé por qué. Por ejemplo, yo creo que la gente conjeturaba sus hipótesis morbosas acerca de la diferencia de nuestras clases económicas tan solamente con observar mi viejo zapato. Se podría deducir que en mi apreciación hay una exageración que evidencia la personalidad de un neurótico. Pero, es cierto, la gente nos miraba siempre con la sorpresa con que miran un fantasma.

Maria Paula murió hace unos días. La gente dice que se murió por un ataque de asma. Pero la verdad la sé yo. Murió por sobredosis del polvo que se metía en las narices cada vez que sentía mareo por tanto alcohol en las venas. No sé a qué horas perdemos la vida. Tan de un momento a otro. Mapu no volverá. Eso es claro. También es claro que en esos tiempos, ella no le prestó atención a mi forma de vestir. Que fue consecuente en lo que me decía. A ella no le importaba que mi zapato izquierdo estuviera roto. Ahora estoy aquí tirado en medio de la nada. Pienso en lo irónico de la vida. Qué tontería que haga un paralelo entre la joven mujer y mi zapato roto. Quizá sea porque ya ni el uno ni el otro volverán a existir de una manera palpable. La irreversibilidad del tiempo ya no permite la existencia de Maria Paula, ni la de mi zapato roto.

Yo no soy como usted

Hace ya algún tiempo nos dejamos de hablar. Siempre lo buscaba por las noches para hablar de lo efímero de los días. Recuerdo que hablábamos de mujeres ya pretéritas que se han esfumado en medio del olvido. En una noche de octubre me confeso que sí, que estaba enamorado, perdidamente loco. Yo soy de esos que no quieren creer en el amor. Por ejemplo en días como hoy, quisiera cogerle el cuello al amor y con toda la delicadeza del caso apretarlo hasta llevárselo como ofrenda a la muerte. Sí, eso quisiera. Sin embargo, sólo quiero relatar algo de nuestras relaciones. Tomábamos café uno al lado del otro. Siempre escuchándonos, amándonos, queriéndonos querer. Una vez en medio de esas noches lúgubres en que la neblina viene a acompañar a los bosques; la muerte llegó hermosa, hecha un inmenso abismo. Era un abismo bello, inundado de feminidad, con toda la convicción que infunde en aquellos hombres, para los que está preestablecido lanzarse en él. A mí se me apagaba la voz. Sentía que mis pensamientos se helaban ante lo que me producía verla. En mi cabeza todo era caos. Yo veía a Manolo besarla con la ternura más santa con la que un hombre puede besar a un demonio. De su piel brotaban los aromas que pierden las mentes de los más fuertes, de los sabios, de los íntegros. Nunca la miré con lujuria. Respetaba los amoríos de mi amigo. Luchaba con desasosiego.
En mi soledad más absoluta sus alas negras aparecían en mi cabeza. No estaba conforme. Como el lobo en la estepa me escondía. No quería ver como nacían del abismo mariposas negras, flores fúnebremente creadas por quién sabe que clase de dios maldito. Ella tenía las alas más hermosas que en vida vieron los dioses muertos. Llevaba el cabello por encima de los hombros y sus ojos estaban retocados con el matiz del negro más extraño que vieron los ángeles caídos. Ella no tenía la culpa de enloquecer a los hombres, de volverlos suicidas, de enamorarlos con su figura fantasmal. Desde los antiguos tiempos los mortales sabían que era un acto natural. La muerte invadía las almas con la seducción más atroz. Yo, al principio, me negué el contemplarla por respeto a Manolo. Es verdad. Siempre lo hice. En momentos hacía como si la muerte no existiera, como si nunca llegara de la mano de Manolo besándolo, acariciándolo diciéndole quién sabe que cosas bonitas al oído. Me negaba rotundamente a su existencia de la manera más engañosa. Más adelante, ella no volvió a rondar por los bosques de Manolo. Éste perdidamente empezó a invocarla a través del suicidio, pero ella no acudía a sus gritos desesperados. No cortaba el hilo de sus días a pesar de los extravagantes intentos. Manolo la llamaba a su departamento. Le dejaba razones con su madre y sus hermanas. Preguntaba por las calles y avenidas de la cuidad. No la volvimos a ver durante algunos días. No sé si él la volvería a ver, lo que si sé es que en alguna oportunidad, mientras visitaba el parque en donde los demonios y los hombres se congregan para tomar vino y hablar de literatura la vi. Recuerdo que en esos días quería entregarme alguna causa política o religiosa, que importaba lo insignificante que fuera. Sólo quería entregarme. Quería morirme. Cerrar los ojos y ya más nunca despertar. Quería sentirla encima de mí, muy cerca, besarle los labios como alguna vez lo había hecho mi amigo Manolo en algún lugar distante y fortuito. Fue es ese preciso instante en que sentí que pasaba su sombra tan cerca de mí. Empezó a oler al dulce que huelen las flores en los cementerios. Sentí al lado mío al inmenso abismo de las noches pasadas. Mientras todo esto acontecía, yo pensaba en Manolo, pensaba en mi amigo, al que siempre le negué mi gusto por su amada. Esa noche caí de rodillas ante sus alas, ante sus labios rojos, ante sus juegos tan venidos de Thanatos.
J (Ya en plena mística) ¿Acaso, la muerte sólo le pertenecía a Manolo?, ¿acaso, no podría pertenecerme a mí? ¿Manolo dónde estás? ¡Manolo!