Me llama la atención de manera amplia el concepto que Joan Ferrés esquematiza en la saturación de los estímulos. Es ahí, donde afirma que “la cultura audiovisual suele ser una cultura de la hiperestimulación sensorial”. Creo rotundamente en que vivimos la época de la sensación. Ahora, esta sensación es insinuante desde todo punto de vista. También pienso que no soy un individuo moralista. Pero, lo que no sé puede negar es que los medios de comunicación manipulan las mentes de las sociedades a través del estímulo a los instintos. Hace mucho que no veo la televisión. No es porque me lo pase leyendo todo el día. Sencillamente es porque en mi casa mi viejo televisor alcanza a recibir tan sólo como unos siete canales. Confieso que me da pereza esperar hasta las diez de la noche para ver el ciclo de cine que pasan diariamente por Señal Colombia. Además mientras están dando las novelas de la noche, yo veo los libros sobre la mesa.
Ahora, si vinieran a hacerme una encuesta en donde me preguntaran sobre ¿qué pienso de la programación de los canales privados? Diría con toda la sinceridad del mundo que la televisión colombiana apesta. No sé la extranjera. Ya dije que mi viejo televisor está en el auge de su crepúsculo.
Ahora, hace una semana llegué por las casualidades de la vida a casa de Papá. Venía de la Universidad. En la casa se respira una aroma leve a soledad. Allí, siempre me encuentro con el mismo espectáculo. Es el mismo cuadro espeluznante de todas las noches. Todos miran el televisor como si este les brindase el sueño más apacible que pudieran encontrar en la tierra. Nunca se percatan de mi llegada. Es como si llegara un fantasma sin metafísica. Yo sé que no soy importante. No se me antoja serlo. Pero es que es increíble el hermetismo de los rostros. Por ejemplo estoy seguro que un ladrón entraría a la casa. Lentamente se dirigiría a la nevera. Tomaría yogurt con galletas. Miraría a la familia es su hipnotismo. Se llevaría el portátil de Carito, la nevera de mi abuelo, los viejos discos de Maná, a María José, la bebe de tres meses, mi casi sobrina. Pero jamás podría llevarse el televisor. El forjador de sueños. De pronto se lo llevaría pero tendría que cargar con los cadáveres de la familia. Seguramente.
Una vez con pena salude.
-Buenas noches familia.
Era incomodo sacarlos de su orgasmo. Papá masticaba el chicle desde hacía dos horas. Sus brazos descansaban entre sus piernas cansadas de tanto mendigar trabajo por las calles. Para mi prima el mundo no existía. Es posible que en ese momento el mundo fuera el irreal galancito de la telenovela de las diez p.m. Rompiendo mis principios tomé asiento para compartir con mi hermosa familia del frívolo ritual.
Las actrices eran todas como Remedios la bella. Es en serio. Ninguna era gorda. Todas tenían rostros perfectos. Más buenas que el pan como lo dirían los muchachos. Los tipos que actuaban parecían europeos con acento paisa. De esos que crean, muy suavemente, en las señoritas la sensación de orinarse.
En esa noche ansié desesperadamente ser uno de los protagonistas de la tele-tontería. El tipo era estudiante de esas universidades privadas a las que por lo general no van los pobres. No sé si por falta de plata o de inteligencia. De alguna manera lo que más envidié del personaje ficcional era que salía con la veterana con que todos los muchachos de mi edad quieren salir. No sé si usted se halla encontrado con esa clase de señoras en los centros comerciales. Llevan bolsas de tres o cuatro almacenes de famosos diseñadores, con zapatos y vestidos caros. Irónico es verlas pasar con las hijas. Parece que las adolescentes fueran las otras, las menos deseables. Es posible que no terminen con la hermosura de sus madres a menos que paguen millones a los cirujanos. A menos que consigan un esposo que tenga conexiones fuertes con el narcotráfico. A menos que a su padre por tenerlas no lo metan preso antes que la doncella cumpla los quince.
Creo que no seré, infortunadamente, el desahogo de una señora millonaria y hermosa. ¡Qué dolor! No me imagino con una veterana montado en una camioneta de ciento treinta millones de pesos. En el vehículo hacen un porro. Es increíble. Camioneta, veterana, guarito, hierva, sexo, juegos de poder, orgasmo. Todo intrínseco. Todo se precipita al instante. El observador no crea imágenes en su mente. Todo se le está dando en la bandeja del no-piense. Está prohibido.
Yo siempre con mis utopías. Ahora bien, permítame pensar en algo. Tenga la delicadeza. Si un día el indeseable fantasma llegara a casa de papá sin tener que pisar el cable que va desde el cráneo de los espectadores hasta el televisor, y en vez de esto se encontrase a su canoso progenitor con una vieja edición de Cien años de soledad entre las manos, ¿qué sería del mundo de este viejo? ¿Qué sería de su capacidad racional? ¿Sería que en algún momento podría hablarle de la iconosfera y la logosfera, sin temor a que no me comprendiera? ¿Qué sería de nuestras conversaciones? ¿Qué sería de nuestras relaciones? Esta conjetura puede no tener sentido Además, no creo ortodoxo encajar a las gentes dentro del universo, sé que cada efímero hombre es un efímero universo.
Iconosfera, logosfera, estimulación del instinto, estimulación de la mente racional, estimulación de la mente sensorial. Sólo me gustaría ver a mi viejo leer un libro con el sosiego con que ve la televisión todas las noches. Me gustaría que replanteara su forma de escaparse de la realidad.
viernes, 19 de febrero de 2010
Zapato roto
Era increíble ver mi zapato izquierdo con su costado abierto y su piel agotada de tanto andar por ahí, entre las calles de cemento, que son tan calientes por estos días. Lo había comprado hacía como unos veinte meses. En ese entonces el zapato parecía un pedazo de cielo que venía a envolver mi pie izquierdo, a mí que tan sólo era un mortal sin importancia colectiva. Con el tiempo había empezado a envejecer como todos los seres debajo del cielo. Lo llevaba puesto hasta para ir a los lugares más privados. Baños, moteles, el cuarto de Maria Paula, tan íntimo, evidentemente.
Recuerdo que ella me decía que los objetos se vuelven cómplices de nuestros secretos sin darnos cuenta. Por cuanto, algunos son la escenografía principal del hecho que se nos queda para siempre en la cabeza. Maria Paula me hace pensar en mi zapato viejo. La verdad no sé por qué. Por ejemplo, yo creo que la gente conjeturaba sus hipótesis morbosas acerca de la diferencia de nuestras clases económicas tan solamente con observar mi viejo zapato. Se podría deducir que en mi apreciación hay una exageración que evidencia la personalidad de un neurótico. Pero, es cierto, la gente nos miraba siempre con la sorpresa con que miran un fantasma.
Maria Paula murió hace unos días. La gente dice que se murió por un ataque de asma. Pero la verdad la sé yo. Murió por sobredosis del polvo que se metía en las narices cada vez que sentía mareo por tanto alcohol en las venas. No sé a qué horas perdemos la vida. Tan de un momento a otro. Mapu no volverá. Eso es claro. También es claro que en esos tiempos, ella no le prestó atención a mi forma de vestir. Que fue consecuente en lo que me decía. A ella no le importaba que mi zapato izquierdo estuviera roto. Ahora estoy aquí tirado en medio de la nada. Pienso en lo irónico de la vida. Qué tontería que haga un paralelo entre la joven mujer y mi zapato roto. Quizá sea porque ya ni el uno ni el otro volverán a existir de una manera palpable. La irreversibilidad del tiempo ya no permite la existencia de Maria Paula, ni la de mi zapato roto.
Recuerdo que ella me decía que los objetos se vuelven cómplices de nuestros secretos sin darnos cuenta. Por cuanto, algunos son la escenografía principal del hecho que se nos queda para siempre en la cabeza. Maria Paula me hace pensar en mi zapato viejo. La verdad no sé por qué. Por ejemplo, yo creo que la gente conjeturaba sus hipótesis morbosas acerca de la diferencia de nuestras clases económicas tan solamente con observar mi viejo zapato. Se podría deducir que en mi apreciación hay una exageración que evidencia la personalidad de un neurótico. Pero, es cierto, la gente nos miraba siempre con la sorpresa con que miran un fantasma.
Maria Paula murió hace unos días. La gente dice que se murió por un ataque de asma. Pero la verdad la sé yo. Murió por sobredosis del polvo que se metía en las narices cada vez que sentía mareo por tanto alcohol en las venas. No sé a qué horas perdemos la vida. Tan de un momento a otro. Mapu no volverá. Eso es claro. También es claro que en esos tiempos, ella no le prestó atención a mi forma de vestir. Que fue consecuente en lo que me decía. A ella no le importaba que mi zapato izquierdo estuviera roto. Ahora estoy aquí tirado en medio de la nada. Pienso en lo irónico de la vida. Qué tontería que haga un paralelo entre la joven mujer y mi zapato roto. Quizá sea porque ya ni el uno ni el otro volverán a existir de una manera palpable. La irreversibilidad del tiempo ya no permite la existencia de Maria Paula, ni la de mi zapato roto.
Yo no soy como usted
Hace ya algún tiempo nos dejamos de hablar. Siempre lo buscaba por las noches para hablar de lo efímero de los días. Recuerdo que hablábamos de mujeres ya pretéritas que se han esfumado en medio del olvido. En una noche de octubre me confeso que sí, que estaba enamorado, perdidamente loco. Yo soy de esos que no quieren creer en el amor. Por ejemplo en días como hoy, quisiera cogerle el cuello al amor y con toda la delicadeza del caso apretarlo hasta llevárselo como ofrenda a la muerte. Sí, eso quisiera. Sin embargo, sólo quiero relatar algo de nuestras relaciones. Tomábamos café uno al lado del otro. Siempre escuchándonos, amándonos, queriéndonos querer. Una vez en medio de esas noches lúgubres en que la neblina viene a acompañar a los bosques; la muerte llegó hermosa, hecha un inmenso abismo. Era un abismo bello, inundado de feminidad, con toda la convicción que infunde en aquellos hombres, para los que está preestablecido lanzarse en él. A mí se me apagaba la voz. Sentía que mis pensamientos se helaban ante lo que me producía verla. En mi cabeza todo era caos. Yo veía a Manolo besarla con la ternura más santa con la que un hombre puede besar a un demonio. De su piel brotaban los aromas que pierden las mentes de los más fuertes, de los sabios, de los íntegros. Nunca la miré con lujuria. Respetaba los amoríos de mi amigo. Luchaba con desasosiego.
En mi soledad más absoluta sus alas negras aparecían en mi cabeza. No estaba conforme. Como el lobo en la estepa me escondía. No quería ver como nacían del abismo mariposas negras, flores fúnebremente creadas por quién sabe que clase de dios maldito. Ella tenía las alas más hermosas que en vida vieron los dioses muertos. Llevaba el cabello por encima de los hombros y sus ojos estaban retocados con el matiz del negro más extraño que vieron los ángeles caídos. Ella no tenía la culpa de enloquecer a los hombres, de volverlos suicidas, de enamorarlos con su figura fantasmal. Desde los antiguos tiempos los mortales sabían que era un acto natural. La muerte invadía las almas con la seducción más atroz. Yo, al principio, me negué el contemplarla por respeto a Manolo. Es verdad. Siempre lo hice. En momentos hacía como si la muerte no existiera, como si nunca llegara de la mano de Manolo besándolo, acariciándolo diciéndole quién sabe que cosas bonitas al oído. Me negaba rotundamente a su existencia de la manera más engañosa. Más adelante, ella no volvió a rondar por los bosques de Manolo. Éste perdidamente empezó a invocarla a través del suicidio, pero ella no acudía a sus gritos desesperados. No cortaba el hilo de sus días a pesar de los extravagantes intentos. Manolo la llamaba a su departamento. Le dejaba razones con su madre y sus hermanas. Preguntaba por las calles y avenidas de la cuidad. No la volvimos a ver durante algunos días. No sé si él la volvería a ver, lo que si sé es que en alguna oportunidad, mientras visitaba el parque en donde los demonios y los hombres se congregan para tomar vino y hablar de literatura la vi. Recuerdo que en esos días quería entregarme alguna causa política o religiosa, que importaba lo insignificante que fuera. Sólo quería entregarme. Quería morirme. Cerrar los ojos y ya más nunca despertar. Quería sentirla encima de mí, muy cerca, besarle los labios como alguna vez lo había hecho mi amigo Manolo en algún lugar distante y fortuito. Fue es ese preciso instante en que sentí que pasaba su sombra tan cerca de mí. Empezó a oler al dulce que huelen las flores en los cementerios. Sentí al lado mío al inmenso abismo de las noches pasadas. Mientras todo esto acontecía, yo pensaba en Manolo, pensaba en mi amigo, al que siempre le negué mi gusto por su amada. Esa noche caí de rodillas ante sus alas, ante sus labios rojos, ante sus juegos tan venidos de Thanatos.
J (Ya en plena mística) ¿Acaso, la muerte sólo le pertenecía a Manolo?, ¿acaso, no podría pertenecerme a mí? ¿Manolo dónde estás? ¡Manolo!
En mi soledad más absoluta sus alas negras aparecían en mi cabeza. No estaba conforme. Como el lobo en la estepa me escondía. No quería ver como nacían del abismo mariposas negras, flores fúnebremente creadas por quién sabe que clase de dios maldito. Ella tenía las alas más hermosas que en vida vieron los dioses muertos. Llevaba el cabello por encima de los hombros y sus ojos estaban retocados con el matiz del negro más extraño que vieron los ángeles caídos. Ella no tenía la culpa de enloquecer a los hombres, de volverlos suicidas, de enamorarlos con su figura fantasmal. Desde los antiguos tiempos los mortales sabían que era un acto natural. La muerte invadía las almas con la seducción más atroz. Yo, al principio, me negué el contemplarla por respeto a Manolo. Es verdad. Siempre lo hice. En momentos hacía como si la muerte no existiera, como si nunca llegara de la mano de Manolo besándolo, acariciándolo diciéndole quién sabe que cosas bonitas al oído. Me negaba rotundamente a su existencia de la manera más engañosa. Más adelante, ella no volvió a rondar por los bosques de Manolo. Éste perdidamente empezó a invocarla a través del suicidio, pero ella no acudía a sus gritos desesperados. No cortaba el hilo de sus días a pesar de los extravagantes intentos. Manolo la llamaba a su departamento. Le dejaba razones con su madre y sus hermanas. Preguntaba por las calles y avenidas de la cuidad. No la volvimos a ver durante algunos días. No sé si él la volvería a ver, lo que si sé es que en alguna oportunidad, mientras visitaba el parque en donde los demonios y los hombres se congregan para tomar vino y hablar de literatura la vi. Recuerdo que en esos días quería entregarme alguna causa política o religiosa, que importaba lo insignificante que fuera. Sólo quería entregarme. Quería morirme. Cerrar los ojos y ya más nunca despertar. Quería sentirla encima de mí, muy cerca, besarle los labios como alguna vez lo había hecho mi amigo Manolo en algún lugar distante y fortuito. Fue es ese preciso instante en que sentí que pasaba su sombra tan cerca de mí. Empezó a oler al dulce que huelen las flores en los cementerios. Sentí al lado mío al inmenso abismo de las noches pasadas. Mientras todo esto acontecía, yo pensaba en Manolo, pensaba en mi amigo, al que siempre le negué mi gusto por su amada. Esa noche caí de rodillas ante sus alas, ante sus labios rojos, ante sus juegos tan venidos de Thanatos.
J (Ya en plena mística) ¿Acaso, la muerte sólo le pertenecía a Manolo?, ¿acaso, no podría pertenecerme a mí? ¿Manolo dónde estás? ¡Manolo!
Mi tìo el moralista
Mis recuerdos se reducen a un rostro divergente del resto de los demás. Días que se distinguen a través del vago sabor que percibía mi olfato en el humo de la marihuana. Sí, esa era mi vida de niño al lado de una grabadora negra con sus rasgos metálicos, alta, delgada. Los momentos se suceden uno tras de otro, en medio de la angustia, en medio de gentes desconocidas, tan abstractas en el presente, tan lejanas. Llegan a mi memoria algunas imágenes en las que un disco de Maná con la carátula más triste nos acompaña. Voy a hacer un esfuerzo por describirla. La carátula es un recuerdo que busco agarrar en medio de lo perdido. Aparece un niño en el desamparo en medio de un río. Esa es la carátula.
Los amigos de Franklin llegaban a una hora estipulada por el instinto. Eran jóvenes de veinte, veinte y cinco que hoy tendrán cuarenta, treinta y cuatro, más, menos; qué sé yo. Imagínese usted el número de años. Tiene toda la libertad.
Mucho después vine a saber de la existencia de Mauricio. El niño que conoció las drogas porque mi tío un día de buenas a primeras le dio a probar aquel polvo que en medio de los tragos aspiran los locos en medio de su lujuria. Ese niño es hoy un indigente que no tiene casa al que saludo debes en cuando en las calles macabras de esta ciudad. Resulta que él me conoció cuando yo apenas empezaba a hacerme pis en la cama, cuando mi abuela vivía en medio de una silla tan fúnebre en donde se posaba debes en cuando la muerte a recordarle a la desesperada mujer, que el cáncer se la estaba carcomiendo, que ya vendría. Que su visita, ya, sería definitiva.
Mi tío creció con todos los lujos de un rico de su época. Mi abuelo toda la vida ha sido un hombre que ha vivido del rebusque en las calles. No sé a qué horas en medio del crepúsculo de su vejez le dio por ganarse la vida a través de los juegos de azar. Quizá ha sido la opción más inmediata, pero no sé si la más divertida.
Volviendo a mi tío lo único que le agregaría a su personalidad sería que hablara de Nietzsche, de Cortázar, de Borges, de alguna novela de Germán Espinoza, de algún tema banal que tuviera que ver con el arte y los artistas. Le quitaría los prejuicios que le han traído los dogmatismos eclesiásticos. Sería lo único que le quitaría. Pero, ¿acaso quién en esta estúpida vida es perfecto? Yo no puedo dotar a mi tío con características divinas.
Él, desde los veinte años, viene consumiendo toda clase de drogas. Perico, vareta, bazuco, alcohol, miles de sustancias. No me imagino los nombres. La verdad no me causa vergüenza decir que mi tío es drogadicto. Que se ha acostado con cuanta mujer se le ha aparecido por el camino. Que se ha bebido licoreras enteras. Que se ha gastado la fortuna de mi abuelo en la farra. Ese es mi tío. Tan lleno de errores, de equívocos, de frustraciones, de desesperanza, de desamor, de nostalgias. Como todos nosotros.
Sé de alguna mujer que fue el amor de su vida. Creo que ahora es trabajadora sexual en España o en Italia; no sé bien, conozco que labora en algún rinconcito de Europa.
A Clara Inés, su ex esposa, la conoció en medio de la adolescencia. La visitaba todos los días a las afueras del colegio como acostumbran los pillos que visitan a las niñas más bellas de once grado en los días presentes. Me imagino que la tía política fue seducida por la fama con la que contaba mi tío en aquellos tiempos. Fama de bandido, de drogadicto, de que respondería ante cualquier situación desafiante que le impusiera la calle. Así como le han gustado siempre los novios a las niñas del barrio. Es particular ver que mi tío en casi todas las ocasiones cuando tiene algún altercado con ciertos individuos menciona que aquellos no saben con quién se andan metiendo. Que él es Frank. Tan famoso en Bucaramanga por valiente como don Quijote en la Mancha.
La verdad es que cualquier escritor podría crear una novela analizando la condición psicológica del hombre, tomando como referente la personalidad de mi tío, muchísimos cuentos saldrían si alguien se sentara a escucharlo cuando habla de la calle y la universidad de la vida, infinitos ensayos sobre las drogas y su dependencia.
Ahora bien, no sé a qué horas ese niño que escuchaba la música de su tío y la de sus amigos locos encima de la vieja mesa vino a ser éste que ahora escribe y mi tío el mismo. Él que se quedó en la rumba, en la marihuana, en el pérez, en el esperar el dinero diario que le brinda un hermoso anciano ya cansado de tanto mendigarle a la vida que le llegué la muerte.
La última vez que visité a Frank. Salimos de problemas. Se puso de moralista. Yo sólo llevaba a una damita que ese día no tenía donde quedarse. ¿Qué pecado había en eso? Supuestamente esto era contradictorio a su estructura de valores. Últimamente, he querido ir a visitarlo, pero esta vez sin la damita para preguntarle si todavía hace ejercicio por las mañanas.
Los amigos de Franklin llegaban a una hora estipulada por el instinto. Eran jóvenes de veinte, veinte y cinco que hoy tendrán cuarenta, treinta y cuatro, más, menos; qué sé yo. Imagínese usted el número de años. Tiene toda la libertad.
Mucho después vine a saber de la existencia de Mauricio. El niño que conoció las drogas porque mi tío un día de buenas a primeras le dio a probar aquel polvo que en medio de los tragos aspiran los locos en medio de su lujuria. Ese niño es hoy un indigente que no tiene casa al que saludo debes en cuando en las calles macabras de esta ciudad. Resulta que él me conoció cuando yo apenas empezaba a hacerme pis en la cama, cuando mi abuela vivía en medio de una silla tan fúnebre en donde se posaba debes en cuando la muerte a recordarle a la desesperada mujer, que el cáncer se la estaba carcomiendo, que ya vendría. Que su visita, ya, sería definitiva.
Mi tío creció con todos los lujos de un rico de su época. Mi abuelo toda la vida ha sido un hombre que ha vivido del rebusque en las calles. No sé a qué horas en medio del crepúsculo de su vejez le dio por ganarse la vida a través de los juegos de azar. Quizá ha sido la opción más inmediata, pero no sé si la más divertida.
Volviendo a mi tío lo único que le agregaría a su personalidad sería que hablara de Nietzsche, de Cortázar, de Borges, de alguna novela de Germán Espinoza, de algún tema banal que tuviera que ver con el arte y los artistas. Le quitaría los prejuicios que le han traído los dogmatismos eclesiásticos. Sería lo único que le quitaría. Pero, ¿acaso quién en esta estúpida vida es perfecto? Yo no puedo dotar a mi tío con características divinas.
Él, desde los veinte años, viene consumiendo toda clase de drogas. Perico, vareta, bazuco, alcohol, miles de sustancias. No me imagino los nombres. La verdad no me causa vergüenza decir que mi tío es drogadicto. Que se ha acostado con cuanta mujer se le ha aparecido por el camino. Que se ha bebido licoreras enteras. Que se ha gastado la fortuna de mi abuelo en la farra. Ese es mi tío. Tan lleno de errores, de equívocos, de frustraciones, de desesperanza, de desamor, de nostalgias. Como todos nosotros.
Sé de alguna mujer que fue el amor de su vida. Creo que ahora es trabajadora sexual en España o en Italia; no sé bien, conozco que labora en algún rinconcito de Europa.
A Clara Inés, su ex esposa, la conoció en medio de la adolescencia. La visitaba todos los días a las afueras del colegio como acostumbran los pillos que visitan a las niñas más bellas de once grado en los días presentes. Me imagino que la tía política fue seducida por la fama con la que contaba mi tío en aquellos tiempos. Fama de bandido, de drogadicto, de que respondería ante cualquier situación desafiante que le impusiera la calle. Así como le han gustado siempre los novios a las niñas del barrio. Es particular ver que mi tío en casi todas las ocasiones cuando tiene algún altercado con ciertos individuos menciona que aquellos no saben con quién se andan metiendo. Que él es Frank. Tan famoso en Bucaramanga por valiente como don Quijote en la Mancha.
La verdad es que cualquier escritor podría crear una novela analizando la condición psicológica del hombre, tomando como referente la personalidad de mi tío, muchísimos cuentos saldrían si alguien se sentara a escucharlo cuando habla de la calle y la universidad de la vida, infinitos ensayos sobre las drogas y su dependencia.
Ahora bien, no sé a qué horas ese niño que escuchaba la música de su tío y la de sus amigos locos encima de la vieja mesa vino a ser éste que ahora escribe y mi tío el mismo. Él que se quedó en la rumba, en la marihuana, en el pérez, en el esperar el dinero diario que le brinda un hermoso anciano ya cansado de tanto mendigarle a la vida que le llegué la muerte.
La última vez que visité a Frank. Salimos de problemas. Se puso de moralista. Yo sólo llevaba a una damita que ese día no tenía donde quedarse. ¿Qué pecado había en eso? Supuestamente esto era contradictorio a su estructura de valores. Últimamente, he querido ir a visitarlo, pero esta vez sin la damita para preguntarle si todavía hace ejercicio por las mañanas.
Autobiografìa sobre el acto individual de leer
Hace tanto tiempo o más bien hace tan poco tiempo que he conocido aquella acción que la academia llama hábito de lectura. En el colegio jamás leí un libro. Es significativo reconocer esta aterradora verdad. Pero, hoy con toda la convicción y el orgullo posibles lo reconozco. Recuerdo aquella tarde como si fuera hace algunas horas. En la biblioteca de la cuidad vi un libro de color rojo que tenía en letras plateadas en la parte superior derecha un título que decía Angosta. Ésta fue la primera novela que leí. Fue hace como unos cuatro años.
Es increíble que desde ese entonces mi vida haya cambiado tanto. Definitivamente, ya no soy el mismo. Es terrorífico como la lectura afecta a los distraídos y ociosos que toman un libro entre las manos para olvidarse un momento de este mundo.
Ya no soy el mismo muchacho trémulo que hablaba casi tartamudeando a las gentes. Es gracioso como ahora en medio de las reuniones hablo como hablaría Sancho Panza a sus interlocutores de cuanta charlatanería se reflexiona entre los aburridos seudo intelectuales. Ya no siento el vacío en el estómago, mientras hago un aporte sobre algún punto de vista que propone algún maestro de pedagogía.
Mañana cuando me la encuentre con toda la solemnidad le preguntaré que si conoce el concepto de ser consecuente. Que ya viene siendo tiempo que lo pongamos en obra. Que es verdad que ella es una niña para mí, pero que también es cierto, que ella ya cumplió los diez y ocho, y que justamente eso ya la hizo un adulto para el Estado. Y si lo es para el estado, ¿Por qué no lo habría de ser para mí? Podría ser aún más sarcástico, irónico, hostil. Podría recomendarle que lea” ¿Qué es la ilustración?” De Kant. Sería muy grosero. Hiriente.
Ahora, quizá no haya sentido entre el anterior párrafo y mi proceso de lectura. El ejemplo lo pongo para señalar que si no hubiera leído lo poco que he leído hasta ahora no tendría la capacidad para jerarquizar mis ideas, ni el valor para decirlas. A veces me siento tan seguro de mí mismo, que me da susto tanta vanagloria. Pero qué más da. Somos engreídos por naturaleza
Sobraría decir que he leído una que otra obra literaria. Digo más bien que me falta leer mucho más. Sin embargo, creo que ni mil años alcanzarían para leer todo lo que se ha escrito. Estoy leyendo hace como cuatro años y hasta hace una semana he escrito una tontería. Quiero morir leyendo. Eso es lo que quiero. Lo demás ya no importa. Importa que hace quince días terminé Crimen y Castigo. Que ayer terminé El lobo estepario. Estos días leeré muchísimo más. Aunque, las lecturas son de esas que están presupuestadas en el plan de estudios de la carrera, elemento que las tornan aburridas. Es gracioso ver como algunos maestros crean metafísicas en donde lo único que hay es la metafísica del no querer perder el tiempo.
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