Tranquila que ya viene el sosiego a refrescar los huesos de la pequeña niña que sos vos. Pronto vendrá el abrazo de quién pueda amarte de la manera como en momentos el individuo menos pensado lo ha hecho. Desde el secreto. Solemos ser amados muchacha. Diez más seis. El segundo día de la semana. Martes. Del año que termina en diez. La mañana está fría. El alma quiere dormirse. Es ya una costumbre que el alma quiera acostarse eternamente. No le preguntes por qué. Mira que a estas horas no puedes ver la luna, ni las estrellas, y mucho menos el hermoso cielo negro que fermenta los instintos de los amantes. A esta hora el negro del universo nos es ajeno. Pero este negro que siento dentro de mí me es mucho más afable que todos los sentimientos.
Tu mirada ya no es la misma Genoveva. Ya no me miras igual. Pero me gusta percibirlo. No te culpo. Tus razones tendrás. No podría decirte cómo es que siento el cambio en tus ojos. No podría describírtelo. Sólo se siente nena. Sólo se siente y duele. Como duele la gota del agua salada que se asoma en las ventanas de nuestras caras.
Sos como las líneas amarillas que se desprenden de las lámparas góticas a eso de las tres de la mañana. ¿Sabes por qué? Porque no conocemos sus caminos. Y ese es el corazón. Nunca conocemos sus caminos. Un día le da por tragarse un helado de chocolate con fresas y al otro día lo detesta. El corazón muchacha es engañoso y perverso. Que no se le olvide nunca. Muchas palabras. Tantos pensamientos. Me has marcado Genoveva, como la cicatriz. Ni siquiera sos el causal chupón de haces unos días. Es que muchas mujeres muchachita pasan como los chupones. El hematoma se posa sobre la piel distraídamente con el conocimiento de la existencia de las plaquetas. Pero la cicatriz es la señal que queda en los tejidos orgánicos después de curada una herida.
Ven, contemos las horas Genoveva. Contemos los minutos indecibles que nos quedan de vida. Ven que quiero contarte los cabellos de tu cráneo. Entiérrame de una vez por todas. Sácame con la escoba de doña Lucila de tu vida. Te lo ruego. Ayer antes de las 11:59 pm tu edad daba como resultado 20. Después de las 11:59:59 fueron veinte y uno. Ayer me mirabas con honestidad. Después ya lo dudaste. Ya no me miras igual. Pero me gusta percibirlo. No te culpo. Tus razones tendrás.
La mirada se enajena. Hay algo que ya ha empezado a arder, aquí, adentro. Carcome. Pica. Desasosiega. Somos inclementes. Sigue tu camino. Te mereces alguien que no te ponga a dar tantos pasos por las calles y los puentes de la cuidad. Que tenga aunque sea lo del piedecuesta que te deja a unas cuadras de tu casa. Que tenga lo suficiente para comprarte una torta que diga 20,999 $ casi 21 $. Que te lleve a ver Alicia al cine. Que te escriba poemas que contengan poesía. No como este pobre poetastro que te escribe líneas que sólo podría escribir un tal Héctor A. Alvarado deseando en sus entrañas escribirte como le escribiría Borges a su amada.
Sed, mentira, lágrima dulce, pastel de cumpleaños, vin rouge, besos, marcharse, marchémonos. Qué más da. Esperemos los otros amores. Yo tan sólo soy tu amigo. Y en el fondo tú no quieres ser más.
No te lo he dicho pero el sufrimiento tiene abierta la boca. Me muestra sus podridos dientes. Se burla. A veces me toma el dedo índice y se lo mete en la boca. No muerde. Me mira. Se ríe. El sufrimiento es una mujer. El sufrimiento podrías ser vos. Pero es el tiempo. Las decisiones duelen. La felicidad está rodeada de dolor. Tranquila que ya viene el sosiego a refrescar los huesos de la pequeña niña que sos vos. Sos eso que te sucede una vez en la vida.
Lo anterior no ha sido tan importante mi buena amiga. Hoy cumples 21. Yo tengo 0 pesos en una cuenta inexistente. Me es urgente seguir queriéndote. Aunque ya sin besos. Adoro tus besos. Sin embargo, lo más sano es ya no dártelos ni pedírtelos. Sin la tortura de pensar que vivir sin ellos sería mi muerte. No quiero ser tonto. Quiero ser tu amigo. ¿Ya te vas Genoveva? Vete preciosa. Pero también quédate. Si quieres. Somos amigos. Yo lo soy. Es tu decisión serlo conmigo. Tranquila que ya viene el sosiego a refrescar los huesos de la pequeña niña que sos vos.
Diez más seis. El segundo día de la semana. Martes. Del año que termina en diez. La mañana está fría.
martes, 16 de marzo de 2010
lunes, 15 de marzo de 2010
La maestra que se gana 800 mil mensuales
Caminaba lentamente por las calles de un barrio en decadencia. Este lugar de la cuidad siempre me ha parecido caótico. Es una sensación extraña que me produce desamparo. Será por el hecho de que hace unos años pasaba por allí con mi pantalón azul y mi camisa blanca sin esperanzas de ser alguien en la vida. Ya han pasado inexplicablemente siete años. !Siete años de mi existencia desde la última vez en que entré a un colegio muerto que no me gusta evocar! Tenía más o menos dieciséis cuando me enfrenté al lugar al que hoy nuevamente después de los tantos meses me siento a ver con toda la rabia del mundo. Podrá sonar esto un tanto desagradecido, pero no sé por qué tendré la maldita manía de expresar lo que siento sin medir las consecuencias ni meditar las palabras.
Los pasos recorrían los andenes en sentido vertical mientras mis pensamientos se hundían en el caos de la manera como lo suele hacer la ola en el océano. Pienso que hay días en que no deberíamos ser despertados. Lo correcto sería cerrar los ojos sin pensar en eso que nos carcome los signos lingüísticos de manera silenciosa en la mente. El momento se desarrollaba con toda la dinámica de la desesperación. Supongo que era uno de eso días en que mi rostro aparecía con los rasgos del desamparo. El encierro en que se movían los pies latía de manera dolorosa.
Llegué a las puertas del colegio. Eran verdes. Al frente estaba la misma tienda de antaño. En donde mis amigos y yo fumábamos el Belmont que nos hacía palatinamente sensuales. En la recepción se encontraban dos mujeres que charlaban con la tranquilidad que se puede conversar a las ocho de la mañana de un viernes frío. Pregunté con pena en los ojos si podría entrar a revisar algunos papeles que se me habían quedado desde la graduación. La celadora de los ojos verdes me señalo que sí. Que era posible. Bien pueda entre muchacho. Muchísimas gracias señora. Es usted muy amable.
Me vi entrando como un desconocido en medio de la casa que algún día fue la suya. Pero que ahora miraba con el desconcierto con que se miran a los amigos después de siete años. Es que por lo general después de siete años tienen caras diferentes, cuerpos turbados por el paso de los vicios, pensamientos bizarros y en algunos casos miradas llenas de vergüenza por lo que nuestros ojos ven en ellos. Percepción de un espacio en el que los contornos duelen de manera áspera.
Pasé por pasadizos en el que los ojos de los niños revoloteaban como insectos salidos de sus orbes. No les presté mucha atención. Seguí dando mis pasos como quién le urge llegar a su destino. La luz se posaba sobre las escaleras del lugar que un día había sido el convento de quién sabe que clase de cofradía española. Seguí adelante esperanzado en encontrar a la persona indicada. A los lejos divisé a la mujer que me había dictado las clases de química que tanto odié de irreverente adolescente. Pero que hoy percibo con el amor con que un nieto podría sentir hacia la abuela que visita cada dos años por la lejanía de los espacios.
Preguntó por mamá, por el tiempo que me faltaba en la universidad, por si ya tenía novia. Sí. Que mamá estaba bien. Que me falta años en la universidad. Qué no tenía novia pero que a veces sentía la necesidad de estar con ella. Entonces le pregunté por si conocía al encargado de dar la clase de español en el colegio. Asintió con toda la amabilidad del mundo. Me llevó hasta donde ésta descansaba. Le comentó que yo era un antiguo estudiante de la institución que ahora se había convertido en todo un universitario. ¿Pero acaso valía la pena decir esto? Yo que soy el menos dedicado de mis compañeros. Yo que soy el que tuvo que cancelar dos materias este semestre. Agache la mirada.
La profesora de español era una mujer que particularmente tenía que ver desde lo alto. Era pequeñamente escuálida. Yo la miraba como quién escruta las respuestas de los condenados. En medio de sus dientes aparecían unas manchas que parecían el croquis de alguna tierra lejana aún no descubierta. Se le notaba por encima su buena voluntad por enseñarles los libros a los niños que a esa hora se creían en todo el derecho de arrebatarle a la vida aquello que hasta ese momento les había sido desconocido. Ella me miraba como quién mira un pedazo de bicho raro que viene desde quién sabe que clase de planeta a hacerle preguntas, con qué sabe Dios, que género de intenciones.
Yo caminé por en medio de los muchachos como una modelo que tan sólo tapa sus senos y su sexo en el traje de baño. Seguí adelante. Me senté al lado de la maestra. Ella se paró de su asiento con la tabla en donde reposaban las letras impresas de los nombres y apellidos de los mocosos. Mientras ella llamaba a lista un mugroso decía que era un fastidio la clase de español. Que lo mejor hubiese sido que ella no hubiera venido. Mientras ella decía cada uno de los nombres, el decir de un martillo golpeaba con certeza alguna pared.
Ella invitó a los muchachos a sacar los libros. Los muchachos hicieron caso a la sugerencia de una manera inconsciente. Pude ver que un solo muchachito devoraba las palabras de un libro. No hubo otro individuo en el lugar que lo hiciera. La maestra me decía que era una bendición que todos los niños hubiesen traído los libros.
Era tonto ver que no hubiese deseo por leer los libros. La verdad nadie quería leer. La niña que se situaba frente a mí se le notaba el quebranto a leguas. Evidentemente no quería leer. No sé en que pensaba mientras yo pasaba la mirada por su rostro castigado.
Sé que la señora que da las clases de español en el colegio, es graduada de la Universidad de Pamplona. Estudió para enseñar a los hombres y mujeres que no pueden oír. Desde hace como veinte años ejerce la docencia. Es feliz. No le gusta la literatura existencial. Está consciente que los libros afectan la mente. No quiere ser afectada. Me invitó a visitarla cuando quiera. Está aparentemente en toda la disposición.
Suena el timbre. Se oye el grito de victoria. Hoy ya no leerán. Los muchachos salen regocijados. Salgo del colegio con amargura. Por razones totalmente personales.
Los pasos recorrían los andenes en sentido vertical mientras mis pensamientos se hundían en el caos de la manera como lo suele hacer la ola en el océano. Pienso que hay días en que no deberíamos ser despertados. Lo correcto sería cerrar los ojos sin pensar en eso que nos carcome los signos lingüísticos de manera silenciosa en la mente. El momento se desarrollaba con toda la dinámica de la desesperación. Supongo que era uno de eso días en que mi rostro aparecía con los rasgos del desamparo. El encierro en que se movían los pies latía de manera dolorosa.
Llegué a las puertas del colegio. Eran verdes. Al frente estaba la misma tienda de antaño. En donde mis amigos y yo fumábamos el Belmont que nos hacía palatinamente sensuales. En la recepción se encontraban dos mujeres que charlaban con la tranquilidad que se puede conversar a las ocho de la mañana de un viernes frío. Pregunté con pena en los ojos si podría entrar a revisar algunos papeles que se me habían quedado desde la graduación. La celadora de los ojos verdes me señalo que sí. Que era posible. Bien pueda entre muchacho. Muchísimas gracias señora. Es usted muy amable.
Me vi entrando como un desconocido en medio de la casa que algún día fue la suya. Pero que ahora miraba con el desconcierto con que se miran a los amigos después de siete años. Es que por lo general después de siete años tienen caras diferentes, cuerpos turbados por el paso de los vicios, pensamientos bizarros y en algunos casos miradas llenas de vergüenza por lo que nuestros ojos ven en ellos. Percepción de un espacio en el que los contornos duelen de manera áspera.
Pasé por pasadizos en el que los ojos de los niños revoloteaban como insectos salidos de sus orbes. No les presté mucha atención. Seguí dando mis pasos como quién le urge llegar a su destino. La luz se posaba sobre las escaleras del lugar que un día había sido el convento de quién sabe que clase de cofradía española. Seguí adelante esperanzado en encontrar a la persona indicada. A los lejos divisé a la mujer que me había dictado las clases de química que tanto odié de irreverente adolescente. Pero que hoy percibo con el amor con que un nieto podría sentir hacia la abuela que visita cada dos años por la lejanía de los espacios.
Preguntó por mamá, por el tiempo que me faltaba en la universidad, por si ya tenía novia. Sí. Que mamá estaba bien. Que me falta años en la universidad. Qué no tenía novia pero que a veces sentía la necesidad de estar con ella. Entonces le pregunté por si conocía al encargado de dar la clase de español en el colegio. Asintió con toda la amabilidad del mundo. Me llevó hasta donde ésta descansaba. Le comentó que yo era un antiguo estudiante de la institución que ahora se había convertido en todo un universitario. ¿Pero acaso valía la pena decir esto? Yo que soy el menos dedicado de mis compañeros. Yo que soy el que tuvo que cancelar dos materias este semestre. Agache la mirada.
La profesora de español era una mujer que particularmente tenía que ver desde lo alto. Era pequeñamente escuálida. Yo la miraba como quién escruta las respuestas de los condenados. En medio de sus dientes aparecían unas manchas que parecían el croquis de alguna tierra lejana aún no descubierta. Se le notaba por encima su buena voluntad por enseñarles los libros a los niños que a esa hora se creían en todo el derecho de arrebatarle a la vida aquello que hasta ese momento les había sido desconocido. Ella me miraba como quién mira un pedazo de bicho raro que viene desde quién sabe que clase de planeta a hacerle preguntas, con qué sabe Dios, que género de intenciones.
Yo caminé por en medio de los muchachos como una modelo que tan sólo tapa sus senos y su sexo en el traje de baño. Seguí adelante. Me senté al lado de la maestra. Ella se paró de su asiento con la tabla en donde reposaban las letras impresas de los nombres y apellidos de los mocosos. Mientras ella llamaba a lista un mugroso decía que era un fastidio la clase de español. Que lo mejor hubiese sido que ella no hubiera venido. Mientras ella decía cada uno de los nombres, el decir de un martillo golpeaba con certeza alguna pared.
Ella invitó a los muchachos a sacar los libros. Los muchachos hicieron caso a la sugerencia de una manera inconsciente. Pude ver que un solo muchachito devoraba las palabras de un libro. No hubo otro individuo en el lugar que lo hiciera. La maestra me decía que era una bendición que todos los niños hubiesen traído los libros.
Era tonto ver que no hubiese deseo por leer los libros. La verdad nadie quería leer. La niña que se situaba frente a mí se le notaba el quebranto a leguas. Evidentemente no quería leer. No sé en que pensaba mientras yo pasaba la mirada por su rostro castigado.
Sé que la señora que da las clases de español en el colegio, es graduada de la Universidad de Pamplona. Estudió para enseñar a los hombres y mujeres que no pueden oír. Desde hace como veinte años ejerce la docencia. Es feliz. No le gusta la literatura existencial. Está consciente que los libros afectan la mente. No quiere ser afectada. Me invitó a visitarla cuando quiera. Está aparentemente en toda la disposición.
Suena el timbre. Se oye el grito de victoria. Hoy ya no leerán. Los muchachos salen regocijados. Salgo del colegio con amargura. Por razones totalmente personales.
lunes, 8 de marzo de 2010
Descripción
La muerte es una promesa dada desde el vientre de la madre. Nos asecha sigilosamente en medio de circunstancias divergentes. Ella es veneno, espanto, accidente, locura. Rodea la tierra. Derrama su vino negro sobre los hombres, los embriaga. Ella expulsa las almas de los cuerpos. En el último suspiro de los hombres llega a su orgasmo. Engendra cadáveres. Nadie está excento de sus besos, de sus caricias, de sus miradas. Algún día llegan. Irreverente, oportuna, impredecible se posa en medio de las esperanzas humanas en forma de palomas negras. ¡Negra mariposa que juegas en medio de jardines fríos e inmóviles! Oscureces los cielos, enturbias la visión de los mortales, dulcemente mortificas el alma. Acompañas al moribundo, te sientas a su lado, lo contemplas, te ríes, de cerca te ríes, le susurras al oído recuerdos de un pretérito que se congela con la venida de tu abrazo.
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