Mis recuerdos se reducen a un rostro divergente del resto de los demás. Días que se distinguen a través del vago sabor que percibía mi olfato en el humo de la marihuana. Sí, esa era mi vida de niño al lado de una grabadora negra con sus rasgos metálicos, alta, delgada. Los momentos se suceden uno tras de otro, en medio de la angustia, en medio de gentes desconocidas, tan abstractas en el presente, tan lejanas. Llegan a mi memoria algunas imágenes en las que un disco de Maná con la carátula más triste nos acompaña. Voy a hacer un esfuerzo por describirla. La carátula es un recuerdo que busco agarrar en medio de lo perdido. Aparece un niño en el desamparo en medio de un río. Esa es la carátula.
Los amigos de Franklin llegaban a una hora estipulada por el instinto. Eran jóvenes de veinte, veinte y cinco que hoy tendrán cuarenta, treinta y cuatro, más, menos; qué sé yo. Imagínese usted el número de años. Tiene toda la libertad.
Mucho después vine a saber de la existencia de Mauricio. El niño que conoció las drogas porque mi tío un día de buenas a primeras le dio a probar aquel polvo que en medio de los tragos aspiran los locos en medio de su lujuria. Ese niño es hoy un indigente que no tiene casa al que saludo debes en cuando en las calles macabras de esta ciudad. Resulta que él me conoció cuando yo apenas empezaba a hacerme pis en la cama, cuando mi abuela vivía en medio de una silla tan fúnebre en donde se posaba debes en cuando la muerte a recordarle a la desesperada mujer, que el cáncer se la estaba carcomiendo, que ya vendría. Que su visita, ya, sería definitiva.
Mi tío creció con todos los lujos de un rico de su época. Mi abuelo toda la vida ha sido un hombre que ha vivido del rebusque en las calles. No sé a qué horas en medio del crepúsculo de su vejez le dio por ganarse la vida a través de los juegos de azar. Quizá ha sido la opción más inmediata, pero no sé si la más divertida.
Volviendo a mi tío lo único que le agregaría a su personalidad sería que hablara de Nietzsche, de Cortázar, de Borges, de alguna novela de Germán Espinoza, de algún tema banal que tuviera que ver con el arte y los artistas. Le quitaría los prejuicios que le han traído los dogmatismos eclesiásticos. Sería lo único que le quitaría. Pero, ¿acaso quién en esta estúpida vida es perfecto? Yo no puedo dotar a mi tío con características divinas.
Él, desde los veinte años, viene consumiendo toda clase de drogas. Perico, vareta, bazuco, alcohol, miles de sustancias. No me imagino los nombres. La verdad no me causa vergüenza decir que mi tío es drogadicto. Que se ha acostado con cuanta mujer se le ha aparecido por el camino. Que se ha bebido licoreras enteras. Que se ha gastado la fortuna de mi abuelo en la farra. Ese es mi tío. Tan lleno de errores, de equívocos, de frustraciones, de desesperanza, de desamor, de nostalgias. Como todos nosotros.
Sé de alguna mujer que fue el amor de su vida. Creo que ahora es trabajadora sexual en España o en Italia; no sé bien, conozco que labora en algún rinconcito de Europa.
A Clara Inés, su ex esposa, la conoció en medio de la adolescencia. La visitaba todos los días a las afueras del colegio como acostumbran los pillos que visitan a las niñas más bellas de once grado en los días presentes. Me imagino que la tía política fue seducida por la fama con la que contaba mi tío en aquellos tiempos. Fama de bandido, de drogadicto, de que respondería ante cualquier situación desafiante que le impusiera la calle. Así como le han gustado siempre los novios a las niñas del barrio. Es particular ver que mi tío en casi todas las ocasiones cuando tiene algún altercado con ciertos individuos menciona que aquellos no saben con quién se andan metiendo. Que él es Frank. Tan famoso en Bucaramanga por valiente como don Quijote en la Mancha.
La verdad es que cualquier escritor podría crear una novela analizando la condición psicológica del hombre, tomando como referente la personalidad de mi tío, muchísimos cuentos saldrían si alguien se sentara a escucharlo cuando habla de la calle y la universidad de la vida, infinitos ensayos sobre las drogas y su dependencia.
Ahora bien, no sé a qué horas ese niño que escuchaba la música de su tío y la de sus amigos locos encima de la vieja mesa vino a ser éste que ahora escribe y mi tío el mismo. Él que se quedó en la rumba, en la marihuana, en el pérez, en el esperar el dinero diario que le brinda un hermoso anciano ya cansado de tanto mendigarle a la vida que le llegué la muerte.
La última vez que visité a Frank. Salimos de problemas. Se puso de moralista. Yo sólo llevaba a una damita que ese día no tenía donde quedarse. ¿Qué pecado había en eso? Supuestamente esto era contradictorio a su estructura de valores. Últimamente, he querido ir a visitarlo, pero esta vez sin la damita para preguntarle si todavía hace ejercicio por las mañanas.
viernes, 19 de febrero de 2010
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